lunes, 2 de noviembre de 2015

Todos los Santos











DÍA 1 DE NOVIEMBRE

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TODOS LOS SANTOS. La Iglesia celebra esta solemnidad en honor de todos los santos, o sea, de todos los fieles que murieron en Cristo y con Él han sido ya glorificados en el cielo. Esta fiesta nos recuerda, pues, los méritos de todos los cristianos, de cualquier lengua, raza, condición y nación, que están ya en la casa del Padre, aunque no hayan sido canonizados ni beatificados; nos invita a pedirles su ayuda e intercesión ante el Señor; y nos estimula a seguir su ejemplo, múltiple y variado, en nuestra vida cristiana.- Oración: Dios todopoderoso y eterno, que nos has otorgado celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los santos, concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


salió malherido, y murió envenenado en el hospital de Mukacevo el 27 de octubre de 1947.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Del Apocalipsis: «Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente: "¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!". Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo: "Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén"» (Ap 7,9-12).
Pensamiento franciscano:
Plegaria de San Francisco: «A la gloriosa madre, la beatísima María siempre Virgen, a los bienaventurados Miguel, Gabriel y Rafael, y a todos los coros celestiales, a los bienaventurados Juan Bautista, Juan Evangelista, Pedro, Pablo, y a los bienaventurados patriarcas, profetas, inocentes, apóstoles, evangelistas, mártires, confesores, vírgenes, y a todos los santos que fueron y que serán y que son, humildemente les suplicamos por tu amor que te den gracias como te place, a ti, sumo y verdadero Dios, eterno y vivo, con tu Hijo carísimo, nuestro Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo Paráclito, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya» (cf. 1 R 23,6).
Orar con la Iglesia:
Invoquemos con alegría a Dios, corona de todos los santos, y digámosle: Sálvanos, Señor, por la intercesión de los santos.
-Dios sapientísimo, que por medio de Cristo has constituido a los apóstoles fundamento de tu Iglesia, conserva a tus fieles en la doctrina que ellos enseñaron.
-Tú que has dado a los mártires la fortaleza del testimonio, hasta derramar su sangre, haz de los cristianos testigos fieles de tu Hijo.
-Tú que has dado a las santas vírgenes el don insigne de imitar a Cristo virgen, haznos comprender la virginidad a ti consagrada como una señal particular de los bienes celestiales.
-Tú que manifiestas en todos los santos tu presencia, tu rostro, tu palabra y tu amor, otorga a tus fieles sentirse cada vez más cerca de ti por su imitación.
Oración: Concédenos, Dios Padre nuestro, la protección de todos los santos, a fin de que, por su intercesión, obtengamos los dones de tu amor que te pedimos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
Benedicto XVI, Ángelus del día 1 de noviembre de 2008
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy con gran alegría la fiesta de Todos los Santos. Al visitar un jardín botánico, nos sorprende la variedad de plantas y flores, y resulta natural pensar en la fantasía del Creador, que ha transformado la tierra en un maravilloso jardín. Experimentamos un sentimiento análogo cuando consideramos el espectáculo de la santidad: el mundo se nos presenta como un «jardín», donde el Espíritu de Dios ha suscitado con admirable fantasía una multitud de santos y santas, de toda edad y condición social, de toda lengua, pueblo y cultura.
Cada uno es diferente del otro, con la singularidad de la propia personalidad humana y del propio carisma espiritual. Pero todos llevan grabado el «sello» de Jesús (cf. Ap 7,3), es decir, la huella de su amor, testimoniado a través de la cruz. Todos viven felices, en una fiesta sin fin, pero, como Jesús, conquistaron esta meta pasando por fatigas y pruebas (cf. Ap 7,14), afrontando cada uno su parte de sacrificio para participar en la gloria de la resurrección.
La solemnidad de Todos los Santos se fue consolidando durante el primer milenio cristiano como celebración colectiva de los mártires. En el año 609, en Roma, el Papa Bonifacio IV consagró el Panteón, dedicándolo a la Virgen María y a todos los mártires. Por lo demás, podemos entender este martirio en sentido amplio, es decir, como amor a Cristo sin reservas, amor que se expresa en la entrega total de sí a Dios y a los hermanos. Esta meta espiritual, a la que tienden todos los bautizados, se alcanza siguiendo el camino de las «bienaventuranzas» evangélicas, que la liturgia nos indica en la solemnidad de hoy (Mt 5,1-12). Es el mismo camino trazado por Jesús y que los santos y santas se han esforzado por recorrer, aun conscientes de sus límites humanos.
En su existencia terrena han sido pobres de espíritu, han sentido dolor por los pecados, han sido mansos, han tenido hambre y sed de justicia, han sido misericordiosos, limpios de corazón, han trabajado por la paz y han sido perseguidos por causa de la justicia. Y Dios los ha hecho partícipes de su misma felicidad: la gustaron anticipadamente en este mundo y, en el más allá, gozan de ella en plenitud. Ahora han sido consolados, han heredado la tierra, han sido saciados, perdonados, ven a Dios, de quien son hijos. En una palabra: «de ellos es el reino de los cielos».
En este día sentimos que se reaviva en nosotros la atracción hacia el cielo, que nos impulsa a apresurar el paso de nuestra peregrinación terrena. Sentimos que se enciende en nuestro corazón el deseo de unirnos para siempre a la familia de los santos, de la que ya ahora tenemos la gracia de formar parte. Como dice un célebre canto espiritual: «Cuando venga la multitud de tus santos, oh Señor, ¡cómo quisiera estar entre ellos!».
Que esta hermosa aspiración anime a todos los cristianos y les ayude a superar todas las dificultades, todos los temores, todas las tribulaciones. Queridos amigos, pongamos nuestra mano en la mano materna de María, Reina de todos los santos, y dejémonos guiar por ella hacia la patria celestial, en compañía de los espíritus bienaventurados «de toda nación, pueblo y lengua» (Ap 7,9). Y unamos ya en la oración el recuerdo de nuestros queridos difuntos, a quienes mañana conmemoraremos.
[Después del Ángelus] Dirijo mi más cordial bienvenida a los peregrinos de lengua española. La fiesta de Todos los Santos nos invita a considerar con alegría y gratitud al Señor la llamada a la santidad recibida en el sacramento del bautismo. Siguiendo el ejemplo de los santos y contando con su constante intercesión podremos avanzar con esperanza y humildad en nuestro camino de perfección cristiana.
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APRESURÉMONOS HACIA LOS HERMANOS
QUE NOS ESPERAN

San Bernardo, Sermón 2
¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende mí un fuerte deseo.
El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores, con el coro de las vírgenes, para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.
Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos los bienes de arriba, pongamos nuestro corazón en los bienes del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el anhelo de compartir su gloria.
El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria. Entretanto, aquel que es nuestra cabeza se nos representa no tal como es, sino tal como se hizo por nosotros, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados. Teniendo a aquel que es nuestra cabeza coronado de espinas, nosotros, miembros suyos, debemos avergonzarnos de nuestros refinamientos y de buscar cualquier púrpura que sea de honor y no de irrisión. Llegará un día en que vendrá Cristo, y entonces ya no se anunciará su muerte, para recordarnos que también nosotros estamos muertos y nuestra vida está oculta con él. Se manifestará la cabeza gloriosa y, junto con él, brillarán glorificados sus miembros, cuando transfigurará nuestro pobre cuerpo en un cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.
Deseemos, pues, esta gloria con un afán seguro y total. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear también, en gran manera, la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas.
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LA VÍA SERÁFICA DE LA ESPIRITUALIDAD FRANCISCANA
por Lázaro Iriarte, OFMCap
«Tú eres amor, caridad»; así se expresa Francisco en las Alabanzas del Dios Altísimo y en la Paráfrasis del Padrenuestro. Esta noción de Dios, dada por san Juan, ha calado muy adentro en el ánimo del Poverello. Cuando quiere inculcar a los hermanos algo que lleva muy en el corazón lo hace en estos términos: «Suplico en la santa caridad, que es Dios». De forma similar lo dice en el testamento lírico para Clara y las hermanas: «os ruego por el grande Amor...».
Siente el reclamo del amor del Creador en toda manifestación de su bondad, en todo ser creado. Se mira a sí mismo como puro don de ese amor infinito, que lo convirtió sacándolo de los pecados, que le mostró la vía evangélica, le dio hermanos y lo llenó de su gracia... Por eso su piedad es una respuesta gozosa de puro amor. El amor es la atmósfera en que se mueve su contemplación, el sello de su piedad, la ley primera de la fraternidad y el mensaje fundamental que los hermanos menores han de llevar al mundo, como lo dejó escrito en el capítulo 23 de la primera Regla:
«Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y firmeza, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y anhelos, al Señor Dios, que a todos nosotros nos ha dado y nos da todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos ha creado, nos ha redimido y, por sola su misericordia, nos salvará, que nos ha hecho y nos hace todo bien...» (1 R 23,8).
Se estremecía con sólo oír mencionar el amor de Dios. «Súbitamente se excitaba, se conmovía, se inflamaba, como si al sonido de la voz exterior vibrasen las fibras interiores de su corazón... Y, lleno de afecto, decía: ¡Mucho se ha de amar el amor de quien tanto nos ha amado!». Meditaba y glosaba el primero y más grande mandamiento: Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma...; y pedía poder «emplear todas sus energías y todos los sentidos del alma y del cuerpo exclusivamente al servicio del amor de Dios, en amar al prójimo y en atraer a todos al amor del Señor» (ParPN 5). No sabía rehusar nada que se le pidiera por amor de Dios, y era arriesgado usar esta fórmula hablando con él (LP 90).
«Todo seráfico en ardor», definirá Dante a Francisco, aludiendo al distintivo que ya entonces se aplicaba a la familia franciscana: llamada a representar en la Iglesia la función que se atribuye a los serafines en el cielo de arder ante Dios en amor. Todo lo franciscano ha venido recibiendo el calificativo de seráfico.
Las oraciones personales del Poverello han vuelto a ser de actualidad. La inspiración eminentemente bíblica, fruto de la detenida contemplación de los misterios revelados, y la unción singular que las anima, sin ceder al sentimentalismo, les comunican perennidad. Te invito, hermano, a identificarte silenciosamente con algunas de ellas: el capítulo 23 de la Regla no bulada, la Paráfrasis del Padrenuestro, las Alabanzas del Dios Altísimo, el Saludo a la Virgen María... Detente, de modo especial, en el estribillo personalísimo que aparece hasta cinco veces: «Tú eres el bien, todo bien, sumo bien, fuente de todo bien...». Para quien vive, como Francisco, la opción de la pobreza radical, resulta particularmente grato descubrir en Dios el BIEN total, «toda nuestra riqueza a saciedad» (AlD 5).
De santa Clara no nos han llegado oraciones personales, pero sus escritos delatan la elevación y el ardor de sus contemplaciones amorosas, en especial de su amor esponsal a Cristo. En su pedagogía con las jóvenes formandas les enseñaba, ante todo, a «amar a Dios sobre todas las cosas» (Proc 10,2). Se veía a sí misma como un don del amor creador y santificador de Dios, un amor tiernamente materno. Las hermanas le oyeron alentar a su alma, antes de su muerte, con estas palabras: «Parte segura y en paz, al encuentro de aquel que te creó, te santificó y puso en ti al Espíritu Santo, y siempre ha tenido cuidado de ti como una madre del hijo que ama» (Proc 3,20).
[L. Iriarte, Ejercicios espirituales, Valencia 1998, pp. 83-85]