viernes, 27 de noviembre de 2015

Fr.Santiago Agrelo Martinez

Desde la pobreza a la Navidad:

Nuestra preparación para la Navidad la comenzamos suplicando: “A ti, Señor, levanto 

mi alma”. 

Suplicando, nos disponemos a escuchar la palabra del evangelio: “Muéstranos, Señor, 

tu misericordia y danos tu salvación”. 

Y al comulgar, el Cuerpo de Cristo, que nos recibe y recibimos, es certeza de que 

nuestra súplica ha sido escuchada, de que “el Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su 

fruto”, pues hemos comulgado la divina misericordia, hemos recibido la salvación.

No habrá Navidad para mí si no la pido. No le abriré al Señor la puerta de mi vida si no 

deseo que entre en ella. No me inundará la alegría de su presencia si no he experimentado el 

vacío de su ausencia.

Los enfermos, los parados, los desahuciados, los emigrantes, los sobrantes, los 

hambrientos de pan y de justicia, los sedientos de misericordia y de perdón, los que han visto 

amenazadas por el exceso del dolor la fe y la esperanza, ésos son humanidad para el Adviento, 

humanidad necesitada de Navidad, de que venga para ella con la justicia la paz, humanidad 

abierta al anuncio de la gran alegría que se llama Jesús.

Fuera de la pobreza no hay Adviento. Fuera de la pobreza no habrá Navidad.

Con lo cual queda dicho que, si no conozco por mi propia condición las angustias de los 

pobres, habré de conocerlas necesariamente por comunión con quienes las padecen. Es éste 

un gran misterio: si quiero comulgar con Cristo, si quiero desear su venida, si quiero abrirle las 

puertas de mi casa, tendré que abrirlas de par en par a los pobres, comulgar con ellos, y desear 

con ellos que ilumine nuestras vidas la luz de la Navidad.

Feliz Adviento.