martes, 5 de marzo de 2013

El próximo papa debe parecerse a San Francisco de Asís

 


Publicado el 03-04-2013 
DIARIO DE LAS AMERICAS 

POR XAVIER L. SUAREZ



Comisionado del Condado

Miami-Dade

Esta semana fui a visitar a un amigo que está muy enfermo. No puede moverse en su cama, aunque puede oír, ver y  entender todo lo que pasa.

Por una ventana en el cuarto, su vista se fija en un pequeño altar, donde hay varias estatuas, rodeadas de orquídeas.

Una es de San Franciso de Asís.

Me recordó mi amigo la última vez que tuvimos una misa pública celebrada por el Cardenal Sean O’Malley. Él pudo ir con su silla de rueda, y era evidente que estaba conmovido con la ceremonia y con las palabras que comenzó como un humilde fraile y hoy día es uno de los 117 príncipes de la Iglesia que se reúnen en Roma para elegir al nuevo papa.

Era la misa fúnebre del querido Padre Llorente, en la Iglesia de Gesu en el downtown de Miami, cuyo párroco es el Padre Eddie Alvarez, S.J.

Llorente era jesuita, al igual que el Padre Eddie. O’Malley es Capuchino, pero es muy respetado entre los jesuitas, sobre todo los que son parte de la Agrupación Católica Universitaria, de la cual mi padre y mis tíos fueron de los primeros miembros.

En su sermón, elogiando al Padre Llorente, O’Malley explicó que sus padres querían que él fuera jesuita - lo cual requiere una educación mucho más extensa que la de Capuchino. Hizo hincapié en esa diferencia, ilustrando la superioridad académica de los jesuitas con un anécdota muy simpático.

“Resulta,” nos dijo, “que los jesuitas son tan famosos como científicos que han nombrado 35 estrellas con sus nombres; de los Capuchinos nada más se ha nombrado un café...”

La misa fúnebre del Padre Llorente nos reunió en el Gesu a más de mil amigos de la Agrupación de Llorente, y del Cardenal.

De allí surgieron otras anécdotas que demuestran lo perfecto que sería si O’Malley fuera el próximo papa.

Resulta que O’Malley había venido a Miami dos veces en los últimos seis meses de vida de Llorente, y había tratado de visitarlo en la residencia de la Agrupación.

La primera vez que lo intento, yo no pude conseguirle la cita, y fuimos sin saber si lo podíamos encontrar, sabiendo que ese mismo día terminaba un retiro intenso de tres días, al estilo Ignaciano. Así nos explicó el encargado de la residencia, Manuel, quien también nos dijo que Llorente estaba tan cansado que le había instruido de no molestarlo a no ser que fuera “por un fuego o por un ladrón.” Todas mis explicaciones sobre la importancia del visitante imprevisto no fueron suficientes para convencerlo.

En su sermón, O’Malley usó el incidente para reflejar que la visita de un sacerdote combina elementos de ladrón y de fuego: se trata de un ladrón de corazones para Cristo y de alguien que viene a refrescar la llama en el fuego de amor a Dios y a los prójimos que debe caracterizar a un cristiano.

A O’Malley le encanta las anécdotas y los chistes; cuando se refiere en inglés al amor que debemos de tener al igual para los prójimos (en inglés “neighbors,” o vecinos) que para los enemigos, dice que muchas veces nuestros “neighbors” y nuestros enemigos son la misma gente.

Hubo un cuento que no pude hacerle a mi amigo enfermo sobre O’Malley, pues no lo sabía hasta el día después de la visita. Me lo contó otro amigo (Adriano García) que también es agrupado, y que fue uno de los fundadores de Amor en Acción, organización que se dedica a ayudar y evangelizar en Sto. Domingo y Haití.

Cuenta Adriano que cuando se terminó la misa fúnebre, le pidieron que entrara en la sacristía a buscar al Obispo Auxiliar de La Habana, el jesuita Juan de Dios. Entrando en la sacristía, vio que todos los demás sacerdotes se habían ido, y que nada más quedaba el cardenal O´Malley. El buen cardenal le preguntó en qué podía ayudarlo, y Adriano le dijo que estaba buscando a Juan de Dios; O’Malley le explicó que hacía unos minutos había salido de la sacristía. Entonces el cardenal le preguntó en qué más podía ayudarlo. Adriano aprovechó para mencionarle un proyecto de Amor en Acción: un orfelinato que querían construir en Haití. El día anterior, a petición de Adriano, mi hija Olga le había entregado un folleto que explicaba el proyecto. Le dio pena pedirle dinero a este hombre que sigue tan estrictamente la orden de San Francisco de Asís y que anda por el mundo en sandalias y su habito de Capuchino, sin posesiones ni coche lujoso ni nada que indique que encabeza una de las arquidiócesis más grandes y prestigiosas del mundo, Boston. Lo único que se atrevió a pedirle fue sus oraciones para el proyecto. Entonces el cardenal le dijo: las oraciones las tiene, pero pienso hacer más.


Cardenal Sean O’Malley