miércoles, 20 de marzo de 2013

El Evangelio como primer criterio

 
 
 
No existen dudas de la fidelidad fundamental de San
Francisco para con la Iglesia. 
 
Las palabras del fundador de la Orden sobre la fe recta y los sacramentos, su actitud respetuosa hacia todos los sacerdotes y teólogos, su respeto a los obispos de las diócesis, así como su petición de un cardenal protector, nos
convencen de esto. 
 
A causa de su lealtad hacia la Iglesia, también pudo defender en Roma su ideal. 
 
Por otro lado, el santo de Asís no era un funcionario eclesiástico al cual le bastaba someterse a lo
preestablecido y esperar un desarrollo en lo posible sin contratiempos. 
 
Francisco no ponía a su fraternidad a órdenes de la institución eclesiástica como lo hacían en su mayoría los demás fundadores de Ordenes. 
 
Aunque él se prevenía claramente para no caer en herejías o colocarse por fuera de la Iglesia.(cf. 2 CtaF 32 s.; CtaO 44; Test 6 s.), su voluntad no se dirige en primer lugar al servicio de la doctrina, el culto y las organizaciones de la Iglesia.
 
Sin negar nada de esto, él anunció, al menos en la
experiencia de sus contemporáneos, un nuevo
mensaje ético-religioso, una nueva manera de vivir
según el Evangelio. 
 
Francisco se resistía a clasificar la Buena Nueva en leyes, normas legislativas y preceptos, como también les prohibía estrictamente a sus hermanos el hacer comentarios a la regla. 
 
La seguridad con la cual Francisco se enfrentó a los ministros de la Iglesia, incluso al Papa, la fundamenta en su
decisión de vivir según el santo Evangelio. 
 
Francisco les demostró que éste puede vivirse realmente. 
 
Y así se debe entender cuando Francisco escribe:
“En el nombre del Señor! Comienza la vida de los hermanos menores. La regla y vida de los hermanos
menores es esta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo viviendo en obediencia, sin nada
propio y en castidad” (2 R 1,1). 
 
A cada nueva generación de hermanos y hermanas les
queda la libertad y la tarea de demostrar, en su
tiempo, que es posible vivir el Evangelio. 
 
Para esto se requiere iniciativa, improvisación y el coraje
de romper con lo cotidiano. 
Queda como un anhelo franciscano original, el cambiar la vida concreta y destacar de una nueva manera el Evangelio.
CCFMC, Lección 25, C 2.1