viernes, 16 de noviembre de 2012







TRIDUO EN HONOR DE SANTA ISABEL DE HUNGRIA
 
Predica.:Fray Francisco José Gaspar Rico,OFM
Lugar.:Parroquia Padres Franciscanos
C/Franciscanos,3
02003-Albacete
Inicio.:20,00h.
15, 16 y 17 de Noviembre

DÍA 17 DE NOVIEMBRE

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SANTA ISABEL DE HUNGRÍA. Hija del rey Andrés II de Hungría, nació el año 1207 en Bratislava. A los 14 años se desposó con Luis IV, Landgrave de Turingia, con el que tuvo tres hijos. Vivió de forma eminente los ideales evangélicos que promovían las nacientes órdenes mendicantes. Acogió a los primeros franciscanos en su llegada a Turingia (1225). Se dedicó asiduamente a la oración y a las obras de caridad. Modelo de esposa y madre, brilló por su austeridad, generosidad y entrega al cuidado de los pobres y de los enfermos. A la muerte de su esposo en la VI Cruzada (1227), dejó la corte, se trasladó a Marburgo, abrazó voluntariamente la pobreza y fundó un hospital dedicado a San Francisco, en el que ella personalmente servía a los enfermos más desgraciados. Tempranamente se apagó su vida en Marburgo, el 17 de noviembre de 1231. Es patrona de la Tercera Orden Franciscana y son muchas las congregaciones religiosas dedicadas a la caridad que llevan su nombre.- Oración: Oh Dios, que concediste a santa Isabel de Hungría la gracia de reconocer y venerar en los pobres a tu Hijo Jesucristo, concédenos, por su intercesión, servir con amor infatigable a los humildes y a los atribulados. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Dijo Jesús a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12,32-34).
Pensamiento franciscano:
De las Admoniciones de san Francisco: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Hay muchos que perseveran en oraciones y oficios divinos, y hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero, por una sola palabra que les parezca injuriosa para sus cuerpos o por alguna cosa que se les quite, escandalizados, enseguida se perturban. Estos no son pobres de espíritu» (Adm 14).
Orar con la Iglesia:
Bajo la acción del Espíritu Santo, que ayuda nuestra debilidad e intercede por nosotros para que sepamos pedir lo que nos conviene, presentemos al Padre nuestra plegaria.
-Para que la Iglesia, fiel al Señor, progrese en el amor universal que brota de la presencia viva de Cristo en la Eucaristía.
-Para que los gobiernos del mundo respeten los derechos de toda persona y fomenten la verdadera convivencia entre los ciudadanos.
-Para que se manifieste en nosotros el amor de Dios, padre de todos los hombres, y nos preocupemos de los más pobres y necesitados.
-Para que veamos presente y amemos a Dios en nuestros hermanos, y por tanto salgamos al encuentro de sus necesidades materiales y espirituales.
Oración: Dios fuerte y misericordioso, haz que la presencia de tu Hijo en la Eucaristía derrame sobre el mundo tu amor, tu paz y tu consuelo. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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SANTA ISABEL DE HUNGRÍA
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 20 de octubre de 2010
Isabel practicaba asiduamente las obras de misericordia: daba de beber y de comer a quien llamaba a su puerta, proporcionaba vestidos, pagaba las deudas, se hacía cargo de los enfermos y enterraba a los muertos. Bajando de su castillo, a menudo iba con sus doncellas a las casas de los pobres, les llevaba pan, carne, harina y otros alimentos. Entregaba los alimentos personalmente y controlaba con atención los vestidos y las camas de los pobres. Cuando refirieron este comportamiento a su marido, este no sólo no se disgustó, sino que respondió a los acusadores: «Mientras no me venda el castillo, me alegro». En este contexto se sitúa el milagro del pan transformado en rosas: mientras Isabel iba por la calle con su delantal lleno de pan para los pobres, se encontró con su marido que le preguntó qué llevaba. Ella abrió el delantal y, en lugar de pan, aparecieron magníficas rosas. Este símbolo de caridad está presente muchas veces en las representaciones de santa Isabel.
Su matrimonio fue profundamente feliz: Isabel ayudaba a su esposo a elevar sus cualidades humanas a nivel sobrenatural, y él, en cambio, protegía a su mujer en su generosidad hacia los pobres y en sus prácticas religiosas. Cada vez más admirado de la gran fe de su esposa, Luis, refiriéndose a su atención por los pobres, le dijo: «Querida Isabel, es a Cristo a quien has lavado, alimentado y cuidado». Un testimonio claro de cómo la fe y el amor a Dios y al prójimo refuerzan la vida familiar y hacen todavía más profunda la unión matrimonial.
La joven pareja encontró apoyo espiritual en los Frailes Menores, [los franciscanos], que, desde 1222, se difundieron en Turingia. Entre ellos Isabel eligió a fray Rogelio (Rüdiger) como director espiritual. Cuando éste le contó la historia de la conversión del joven y rico comerciante Francisco de Asís, Isabel se entusiasmó todavía más en su camino de vida cristiana. Desde aquel momento, siguió con más decisión aún a Cristo pobre y crucificado, presente en los pobres. Incluso cuando nació su primer hijo, al que siguieron después otros dos, nuestra santa no abandonó nunca sus obras de caridad. Además ayudó a los Frailes Menores a construir un convento en Halberstadt, del cual fray Rogelio se convirtió en superior. La dirección espiritual de Isabel pasó, así, a Conrado de Marburgo.
Una dura prueba fue el adiós a su marido, a finales de junio de 1227 cuando Luis IV se unió a la cruzada del emperador Federico II, recordando a su esposa que se trataba de una tradición para los soberanos de Turingia. Isabel respondió: «No te retendré. He entregado toda mi persona a Dios y ahora también tengo que darte a ti». Sin embargo, la fiebre diezmó las tropas y Luis cayó enfermo y murió en Otranto, antes de embarcarse, en septiembre de 1227, a la edad de veintisiete años.
Isabel, al conocer la noticia, se afligió tanto que se retiró a la soledad, pero después, fortalecida por la oración y consolada por la esperanza de volver a verlo en el cielo, comenzó a interesarse de nuevo por los asuntos del reino. Pero la esperaba otra prueba: su cuñado usurpó el gobierno de Turingia, declarándose auténtico heredero de Luis y acusando a Isabel de ser una mujer devota incompetente para gobernar. La joven viuda, junto con sus tres hijos, fue expulsada del castillo de Wartburg y buscó un lugar donde refugiarse. Sólo dos de sus doncellas permanecieron a su lado, la acompañaron y confiaron a los tres hijos a los cuidados de los amigos de Luis. Peregrinando por las aldeas, Isabel trabajaba donde recibía acogida, asistía a los enfermos, hilaba y cosía.
Durante este calvario, soportado con gran fe, con paciencia y entrega a Dios, algunos parientes, que le seguían siendo fieles y consideraban ilegítimo el gobierno de su cuñado, rehabilitaron su nombre. Así Isabel, a principios de 1228, pudo recibir una renta apropiada para retirarse en el castillo de la familia en Marburgo, donde vivía también su director espiritual Conrado. Fue él quien refirió al Papa Gregorio IX el siguiente hecho: «El viernes santo de 1228, poniendo las manos sobre el altar de la capilla de su ciudad, Eisenach, donde había acogido a los Frailes Menores, en presencia de algunos frailes y familiares, Isabel renunció a su propia voluntad y a todas las vanidades del mundo. Quería renunciar también a todas las posesiones, pero yo la disuadí por amor de los pobres. Poco después construyó un hospital, recogió a enfermos e inválidos y sirvió en su propia mesa a los más miserables y desamparados. Al reprenderla yo por estas cosas, Isabel respondió que de los pobres recibía una gracia especial y humildad».
Podemos descubrir en esta afirmación una cierta experiencia mística parecida a la que vivió san Francisco: en efecto, el Poverello de Asís declaró en su Testamento que, sirviendo a los leprosos, lo que antes le resultaba amargo se transformó en dulzura del alma y del cuerpo (Test 1-3). Isabel pasó los últimos tres años de su vida en el hospital que ella misma había fundado, sirviendo a los enfermos, velando por los moribundos. Siempre trataba de realizar los servicios más humildes y los trabajos repugnantes. Se convirtió en lo que podríamos llamar una mujer consagrada en medio del mundo, y formó, con algunas de sus amigas, vestidas con hábitos grises, una comunidad religiosa. No es casualidad que sea patrona de la Tercera Orden Regular de San Francisco y de la Orden Franciscana Secular.
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ISABEL RECONOCIÓ Y AMÓ A CRISTO
EN LA PERSONA DE LOS POBRES

De una carta escrita por Conrado de Marburgo,
director espiritual de santa Isabel, a Gregorio IX en 1232
Pronto Isabel comenzó a destacar por sus virtudes, y, así como durante toda su vida había sido consuelo de los pobres, comenzó luego a ser plenamente remedio de los hambrientos. Mandó construir un hospital cerca de uno de sus castillos y acogió en él gran cantidad de enfermos e inválidos; a todos los que allí acudían en demanda de limosna les otorgaba ampliamente el beneficio de su caridad, y no sólo allí, sino también en todos los lugares sujetos a la jurisdicción de su marido, llegando a agotar de tal modo todas las rentas provenientes de los cuatro principados de éste, que se vio obligada finalmente a vender en favor de los pobres todas las joyas y vestidos lujosos.
Tenía la costumbre de visitar personalmente a todos sus enfermos, dos veces al día, por la mañana y por la tarde, curando también personalmente a los más repugnantes, a los cuales daba de comer, les hacía la cama, los cargaba sobre sí y ejercía con ellos muchos otros deberes de humanidad; y su esposo, de grata memoria, no veía con malos ojos todas estas cosas. Finalmente, al morir su esposo, ella, aspirando a la máxima perfección, me pidió con lágrimas abundantes que le permitiese ir a mendigar de puerta en puerta.
En el mismo día del Viernes santo, mientras estaban desnudados los altares, puestas las manos sobre el altar de una capilla de su ciudad, en la que había establecido Frailes Menores, estando presentes algunas personas, renunció a su propia voluntad, a todas las pompas del mundo y a todas las cosas que el Salvador, en el Evangelio, aconsejó abandonar. Después de esto, viendo que podía ser absorbida por la agitación del mundo y por la gloria mundana de aquel territorio en el que, en vida de su marido, había vivido rodeada de boato, me siguió hasta Marburgo, aun en contra de mi voluntad: allí, en la ciudad, hizo edificar un hospital, en el que dio acogida a enfermos e inválidos, sentando a su mesa a los más míseros y despreciados.
Afirmo ante Dios que raramente he visto una mujer que a una actividad tan intensa juntara una vida tan contemplativa, ya que algunos religiosos y religiosas vieron más de una vez cómo, al volver de la intimidad de la oración, su rostro resplandecía de un modo admirable y de sus ojos salían como unos rayos de sol.
Antes de su muerte, la oí en confesión, y, al preguntarle cómo había de disponer de sus bienes y de su ajuar, respondió que hacía ya mucho tiempo que pertenecía a los pobres todo lo que figuraba como suyo, y me pidió que se lo repartiera todo, a excepción de la pobre túnica que vestía y con la que quería ser sepultada. Recibió luego el cuerpo del Señor y después estuvo hablando, hasta la tarde, de las cosas buenas que había oído en la predicación: finalmente, habiendo encomendado a Dios con gran devoción a todos los que la asistían, expiró como quien se duerme plácidamente.
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SAN FRANCISCO, UN HOMBRE COMUNIÓN
por Sebastián López, OFM
A LA PAZ DESDE LA GUERRA: EN EL SENO DE LA FRATERNIDAD (II)
Cuando surgieron las dificultades y tensiones en la Orden y fue cuestionada la autoridad del fundador, Francisco confió el asunto al Señor y amó a sus hermanos desde la paciencia, que es la «fuerza reconciliadora» del amor (Boros). Dejó hacer y hacerse a sus hermanos, confiando la Orden a Dios, que esa es la paciencia que brinda raíz a la paz, no la que sufre porque no hay más remedio, sino la que conscientemente acepta la adversidad, la sienta a su mesa y la acerca al calor de su hogar, dejando que allí queme toda tristeza y resentimiento, e ilumine la vida de serena alegría, porque Dios ha tomado cartas en el asunto.
«Como el Santo se turbara una vez de los malos ejemplos y se presentara turbado a la oración, recibió del Señor este reproche: "¿Por qué te conturbas, hombrecillo? ¿Es que acaso te he escogido yo como pastor de mi Religión de suerte que no sepas que soy yo su principal dueño?"» (2 Cel 158). «Oído esto, su alma quedó maravillosamente consolada. Y si bien, dado el ardiente celo que tenía siempre por la perfección de la Religión, no podía por menos de afligirse profundamente cuando oía que los hermanos cometían alguna imperfección de la que se derivaba mal ejemplo o escándalo, pronto, después de haber sido confortado con este consuelo del Señor, se decía trayendo a la memoria aquello del salmo: "He jurado y prometido guardar las leyes del Señor (Sal 118,106) y observar la Regla que el mismo Señor me dio para mí y para los que quieran imitarme"» (EP 81; LP 112).
Aunque no lo parezca, es aquí sobre todo donde Francisco nos ha enseñado mejor el camino de la paz, de la reconciliación. Porque más que en ninguna otra situación o circunstancia de su vida Francisco, sin renegar de su ideal, se mantuvo unido a sus hermanos. La Carta a un Ministro, escrita cuando la crisis de la Orden estallaba o alcanzaba uno de sus momentos más tensos, es como el ideario de una postura razonada y conscientemente elegida más allá de todo pecado o falta y de la propia sensibilidad herida. De escoger una palabra o actitud que la resumiese, nos inclinaríamos por el respeto. Respeto a la gracia que no quiere prisas ni manos nerviosas que no acierten a ser cuenco de su agua para los demás; y respeto al hermano. Siempre y aun y sobre todo cuando es pecador:
«En esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos».
La explicación de que el franciscanismo tenga siempre su tiempo, nos parece que no tiene más fuente que este respeto de Francisco para los demás, que le regaló la paciencia. La gracia tiene su tiempo y lo exige, y el hermano, cada hermano, tiene su gracia. Hoy decimos pluralismo, que él lo expresaba así: «Sería buen hermano menor aquel que conjuntara la vida y cualidades de estos santos hermanos, a saber, la fe del hermano Bernardo de Quintaval, la sencillez y pureza del hermano León, la cortesía del hermano Ángel Tancredi, la presencia agradable y el porte natural, junto con la conversación elegante y devota, del hermano Maseo, la elevación de alma por la contemplación que el hermano Gil tuvo en sumo grado, la virtuosa y continua oración del hermano Rufino, la paciencia del hermano Junípero, la fortaleza corporal y espiritual del hermano Juan de Lodi, la caridad del hermano Rogerio, la solicitud del hermano Lúcido...» (EP 85).
Diferentes, pero hijos todos de la misma madre, la Orden, cuya Vida y Regla abrazaron. «El Santo -dice Tomás de Celano- tuvo siempre constante deseo y solicitud atenta de asegurar entre los hijos el vínculo de la unidad, para que los que habían sido atraídos por un mismo espíritu y engendrados por un mismo Padre, se estrechasen en paz en el regazo de una misma madre. Quería unir a grandes y pequeños, atar con afecto de hermanos a sabios y simples, conglutinar con la ligadura del amor a los que estaban distanciados entre sí» (2 Cel 191).
El respeto le enseñó también a callar ante los hermanos que le contradecían. El silencio fue también un arma de reconciliación. Los biógrafos han tomado nota frecuentemente de él: «Prefería callar», dicen repetidamente. Antes que el escándalo o que convertirse en un tirano, el silencio. ¿Quizá porque él sabía de las violencias de su corazón...? Diríamos que prefería ser palabra a decirla. «Mas, a fin de que la palabra que el Señor había puesto en su boca para bien de los hermanos no volviera vacía al Señor, él quería cumplirla en sí mismo... Con esto, finalmente, encontraba su espíritu descanso y paz» (LP 101).
[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 11 (1975) 154-166]

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