jueves, 1 de noviembre de 2012










ella no sabría decir) que le dice: «Antes de que cumplas viente años
comenzarás a sufrir mucho.

Reza el rosario». Más tarde contará los peligros que, durante esos años, corrió su pureza virginal y

que pudo superar gracias al santo Rosario.

Durante la tarde del 4 de febrero de 1901, la joven, empleada en la casa forestal de Stammham,

se encuentra lavando la ropa con una compañera, Wally Kreuzer. En eso se dan cuenta de que el

tubo del calentador que pasa por encima de la caldera de lavado se ha desprendido de la pared;

para reparar la avería, Anna se sube a un muro bajo en forma de repisa, pero pierde el equilibrio

y cae de pie, con el agua hirviendo de la colada hasta las rodillas. Aterrorizada, Wally, en lugar de

socorrer a su compañera, corre en busca de ayuda. Acude un cochero y consigue sacarla de la

caldera; luego, llevan a la desdichada en carreta hasta el hospital más cercano, que se encuentra

a siete kilómetros. A las once de la noche, por fin, se hace cargo de ella un médico, que la opera

durante dos horas. Las semanas siguientes son horribles, pues hay que cortar continuamente trozos

de carne gangrenada.

Más de treinta intervenciones quirúrgicas

Tres meses más tarde, el seguro de enfermedad de Anna deja de cubrir los gastos derivados de sus

cuidados. Ante la imposibilidad de hacer frente a la hospitalización, su madre no tiene más remedio

que llevársela a casa. Gracias a la influencia del doctor Wäldin, una institución para inválidos se

encarga de la enferma; Anna será hospitalizada desde agosto de 1901 hasta mayo de 1902 en la

clínica universitaria de Erlangen (cerca de Nuremberg). Sin embargo, los tratamientos no consiguen

resultado alguno. De regreso a casa, Anna es tratada con gran competencia por el Dr. Wäldin, quien,

mediante más de treinta intervenciones quirúrgicas, intentará en vano practicarle injertos de piel. Al

no poder aliviar a la inválida, se resigna finalmente a cubrirle las piernas de vendajes esterilizados.

Durante los veinte años de vida que le quedarán a Anna, los cuidados se limitarán a renovar

semanalmente esos vendajes.

A partir de aquel momento, los proyectos de vida religiosa de Anna Schäffer resultan irrealizables.

La joven se resigna con dificultad a su suerte, clamando por su sufrimiento y aferrándose a la

esperanza de una curación. Sin embargo, su alma crece en la dura escuela de la Cruz. El párroco

de Mindelstetten, el padre Rieger, que será su director espiritual, será testigo de no haber oído

salir jamás de su boca queja alguna. En medio de sus incesantes dolores, Anna es fortificada y

consolada por Dios vivo y, en especial, por la Sagrada Eucaristía.

«Los hombres abordan sus sufrimientos con disposiciones bien diferentes, escribe el Papa Juan

Pablo II. De entrada, sin embargo, podemos afirmar que todas las personas entran casi siempre

en el sufrimiento con una protesta del todo humana, que es preguntándose «¿Por qué?». Todos

se preguntan qué sentido tiene el sufrimiento, buscando una respuesta en el plano humano a

esa pregunta. Y esa interpelación es dirigida varias veces a Dios y a Cristo. Además, la persona

que sufre no puede dejar de constatar que aquel a quien pide una explicación también sufre, y

que quiere responderle desde la Cruz, desde lo más profundo de su propio sufrimiento. Pero a

veces se necesita tiempo, incluso mucho tiempo, para que esa respuesta comience a ser percibida

interiormente... Porque Cristo no explica de manera abstracta las razones del sufrimiento, sino

que ante todo dice: «¡Sígueme! ¡Ven! ¡Toma parte con tu sufrimiento de esa obra de salvación del

mundo que se cumple mediante mi propio sufrimiento! ¡Mediante mi Cruz!». A medida que el hombre

toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la Cruz de Cristo, el significado salvífico del sufrimiento se

manifiesta ante él» (SD, 26).

Entre 1910 y 1925, Anna Schäffer escribe sus pensamientos en doce diarios; conservamos, además,

183 de sus cartas o notas. Su lenguaje es muy sencillo, pero la originalidad y el carácter personal

de sus escritos conmueven al lector, quien descubre en ellos un alma fuertemente consolidada en

la fe de Jesucristo muerto y resucitado, y en la Comunión llena de vida con todos los elegidos de

Dios. Esa indefectible confianza en Dios, así como la certeza de su amor infinito, manifestado en ella

a través de sus sufrimientos, influyen en los que se acercan a ella para confesarle sus intenciones

o para pedirle ánimo y consejo. Esos visitantes, en un principio en número limitado, se multiplican

poco a poco, y las personas con más prevenciones contra Anna no dejan de sentirse impresionadas

por su paciencia y bondad.

La «venganza» de Anna

Su hermano Miguel, un pobre muchacho que se da a la bebida, es uno de los primeros, cuando

bebe, en burlarse de «la santa». Pero Anna «se venga» esmerándose en convertirlo a fuerza de

dulzura. No obstante, el comportamiento de Miguel obliga a la madre a alquilar un apartamento

donde mudarse con su hija. A esa madre admirable que cuidará de Anna hasta su muerte y que

le sobrevivirá durante cuatro años, Anna le escribe: «¡Oh, madre mía, qué suerte poder tenerte

sin cesar junto a mí! Nuestro amado Salvador envía a sus hijos la ayuda necesaria en el momento

oportuno, cuando se lo pedimos con confianza; y a menudo, cuanto más nos abate una adversidad o

una aflicción, más cerca de nosotros se encuentra Él, con su ayuda y su bendición».

La habitación de la enferma, accesible sólo mediante una empinada escalera, tiene como únicos

ornamentos un crucifijo, un «Ecce Homo» e imágenes de santos. Anna nunca abandona esa

habitación y esa cama (a la que llama también su cama-cruz), y sólo en contadas ocasiones la llevan

a la iglesia en un sillón. A partir del momento en que el Papa Pío X autoriza la comunión diaria, el

padre Rieger le lleva todos los días la Eucaristía, de donde obtiene toda su fuerza.

A Anna no le gusta nada que hablen de ella. Sus jornadas transcurren entre la oración, el trabajo

manual y la escritura. Ella misma nos dice: «Tengo tres llaves del paraíso. La más grande es de puro

hierro y muy pesada: es mi sufrimiento. La segunda es la aguja de coser, y la tercera el portaplumas.

Con esas llaves diferentes, me esfuerzo cada día en abrir la puerta del Cielo; cada una de ellas debe

llevar marcadas tres pequeñas cruces, que son la oración, el sacrificio y el olvido de mí misma». Los

niños del pueblo acuden con frecuencia a visitar a Anna. Se sienten atraídos por ella, y la enferma

les habla del Salvador, de la Virgen y de los Santos, explicándoles cómo ir al Cielo. En conjunto, la

población de Mindelstetten se comporta con simpatía con ella; la quieren, sienten piedad por ella e

intentan complacerla. Los días festivos, acude a visitarla una delegación del pueblo y, a veces, la

banda de música le ofrece una serenata cuando pasa bajo sus ventanas.

Es la caridad para con el prójimo, también doliente, lo que hace que Anna salga de su silencio. En

cuanto ve a una persona afligida, encuentra mil palabras alegres y amistosas para reconfortarla,

y ella misma parece la más feliz de las criaturas. Conserva preciadamente todos los encargos

de oración que le confían y los presenta incansablemente ante Dios. Todos los escritos de Anna

muestran una profunda sumisión a la divina Providencia y una gozosa aceptación de las cruces.

Muchas veces, sus cartas llevan una pequeña estampa dibujada por ella con plumilla, a dos o tres

colores, que representa la Cruz, un cáliz rodeado de espinas o incluso alguna otra escena de la

Pasión. El 14 de diciembre de 1918, escribe esto a una amiga: «Querida Fanny, debemos considerar

nuestros sufrimientos como nuestros mejores amigos, que quieren acompañarnos sin cesar, noche

y día, para recordarnos que debemos dirigir nuestra mirada hacia lo alto, hacia la santa Cruz de

Cristo».

Job no es culpable

Desde siempre, los hombres han intentado encontrar un sentido al sufrimiento. «En el libro de

Job, el tema se ha abordado de la manera más directa, destaca el Papa Juan Pablo II. De todos

es conocida la historia de aquel hombre justo, quien, sin haber cometido pecado alguno por su

parte, es puesto a prueba mediante numerosos sufrimientos... En medio de esa horrible situación,

se presentan ante él tres viejos amigos que intentan convencerle de que, ya que ha sido golpeado

con sufrimientos tan diversos y terribles, debe haber cometido algún pecado grave... Sin embargo,

Job cuestiona la verdad del principio que identifica el sufrimiento con el castigo por el pecado...

Al final, el mismo Dios reprocha a los amigos de Job por sus acusaciones, reconociendo que Job

no es culpable. Su sufrimiento es el de un inocente, y debe ser aceptado como un misterio que

la inteligencia del hombre no está en disposición de entender del todo.... Si bien es verdad que el

sufrimiento tiene sentido como castigo cuando va unido al pecado, no es verdad, al contrario, que

todo sufrimiento sea una consecuencia del pecado y adquiera carácter de castigo...».

«Para estar en condiciones de percibir la verdadera respuesta al «porqué» del sufrimiento, debemos

dirigir nuestra mirada hacia la revelación del amor divino... Porque tanto amó Dios al mundo que

dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna (Jn 3,

16)... El hombre perece cuando pierde la vida eterna... El Hijo único ha sido dado a la humanidad,

ante todo, para proteger al hombre contra ese mal definitivo y contra el sufrimiento definitivo...».

«Cristo sufre voluntariamente, y es glorioso que sufra... El sufrimiento humano alcanzó su

culminación en la pasión de Cristo, y, simultáneamente, fue revestido de una nueva dimensión y

entró en un orden nuevo, pues se vio unido al amor, al amor que crea el bien, obteniéndolo incluso

del mal, obteniéndolo mediante el sufrimiento, del mismo modo que el bien supremo de la Redención

del mundo se obtuvo de la Cruz de Cristo... Y es precisamente en la Cruz de Cristo donde debemos

plantear de nuevo la pregunta sobre el sentido del sufrimiento, así como donde buscar a fondo la

respuesta a esa pregunta» (SD, 10, 11, 13, 14, 18).

¡Qué rápido pasa el tiempo!

Hacía tiempo que Anna era terciaria de san Francisco. A partir del 4 de octubre de 1910 (festividad

de san Francisco de Asís), es portadora de los estigmas de la Pasión, pero ruega a Dios para que

esas heridas místicas no sean aparentes, cosa que le es concedida. No parece haber leído mucho

las Sagradas Escrituras, pero, como hija de la Iglesia Católica, se ha apropiado de su doctrina y de

su liturgia, que consigue revivir a partir de sus recuerdos infantiles a lo largo de todo el año. Según

afirma, «Lo más importante para mí es rezar por la Santa Iglesia y sus pastores», y entiende su vida

de enferma como una participación en la Cruz de Cristo. «En las horas de sufrimiento y durante

las muchas noches de insomnio, tengo una inmejorable ocasión de situarme en espíritu ante el

sagrario y de ofrecer expiación y reparación al Sagrado Corazón de Jesús. ¡Oh, qué rápido me pasa

entonces el tiempo! Sagrado Corazón de Jesús que te hallas oculto en el Santo Sacramento, te doy

las gracias por mi cruz y por mis sufrimientos, en unión con las acciones de gracias de María, la

Virgen de los Dolores».

«El Redentor sufrió en lugar del hombre y por el hombre... Todo el mundo es llamado a participar del

sufrimiento por el que se cumplió la Redención... Al proceder a la Redención mediante el sufrimiento,

Cristo elevó al mismo tiempo el sufrimiento humano hasta darle valor de Redención. De ese modo,

todo hombre puede participar, con su sufrimiento, en el sufrimiento redentor de Cristo... Porque

quien sufre en unión con Cristo... completa en sus aflicciones lo que resta de los sufrimientos de

Cristo (Col 1, 24)... Porque el sufrimiento de Cristo creó el bien de la Redención del mundo. Y ese

bien es, en sí mismo, inagotable e infinito, y ningún hombre puede añadirle nada en absoluto. Pero,

al mismo tiempo, en el misterio de la Iglesia que es su cuerpo, Cristo, en cierto sentido, ha abierto

su sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre... Y así es, porque la Redención vive y se

desarrolla como el cuerpo de Cristo –la Iglesia– y, en esa dimensión, todo sufrimiento humano, en

virtud de la unión en el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Y lo completa como la

Iglesia completa la obra redentora de Cristo» (SD, 20, 24).

Nuestro Señor Jesucristo, la Virgen y los Santos hablan con frecuencia a Anna durante sus sueños

nocturnos, y esos mensajes celestiales son para ella como un refresco y como un anticipo del

Paraíso. Sin embargo, esos consuelos nunca le aportan una impasibilidad sobrehumana, y ella

acepta con agradecimiento hasta el final el débil alivio que le aporta la medicina. En el transcurso

de los veinticinco años de su «martirio», se lleva a cabo un progreso en la aceptación interior de las

aflicciones, pues llega a descubrir poco a poco el secreto de la paz interior, que expresa del modo

siguiente en su sencillo lenguaje: «¡Oh, cuánta felicidad y cuánto amor se esconden en la cruz y

en el sufrimiento!... No pasa un cuarto de hora sin que padezca sufrimiento, y desde hace mucho

tiempo ya no sé lo que es vivir sin dolor... A menudo, sufro tanto que apenas puedo articular palabra,

y en esos momentos pienso que mi Padre que está en los Cielos debe amarme especialmente». Al

igual que la frase de san Pablo, que dice sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones (2 Co

7, 4), ella sufre con gozo misterioso y no sensible.

Una fuente de gozo

«Superar el sentimiento de la inutilidad del sufrimiento... se convierte en fuente de gozo. No

solamente el sufrimiento corroe interiormente a la persona, sino que parece suponer una carga para

los demás. La persona que sufre se siente condenada a recibir ayuda y asistencia de parte de los

demás y, al mismo tiempo, se considera ella misma una inútil. El descubrimiento del sentido salvífico

del sufrimiento en unión con Cristo transforma ese sentimiento depresivo... En la perspectiva

espiritual de la obra de la Redención, el hombre que sufre resulta inútil, igual que Cristo, para la

salvación de sus hermanos y hermanas... Aquellos que participan de los sufrimientos de Cristo

conservan en sus propios sufrimientos una parcela realmente especial del tesoro infinito de la

Redención del mundo, y pueden compartir ese tesoro con los demás» (SD, 27).

Tres años y medio antes de su muerte, Anna debe interrumpir sus labores de costura, que hasta

ese momento le servían de distracción y le daban la ocasión de ser útil. Además, resulta ya del

todo imposible transportarla a la iglesia parroquial vecina para oír Misa; esa renuncia resulta para

ella muy dolorosa. Este es su testimonio escrito: «Mi vida se apaga poco a poco en medio del

sufrimiento... la Eternidad se acerca sin cesar; muy pronto viviré de Dios, que es la propia Vida.

El Cielo no tiene precio, y a cada minuto me regocijo de la llamada del Señor hacia esa patria

infinitamente hermosa» (16 de marzo de 1922). El 5 de octubre de 1925, después de recibir la

Sagrada Comunión y de santiguarse murmurando la frase «Señor Jesús, te amo», Anna Schäffer se

apaga apaciblemente a la edad de 43 años. Su cuerpo reposa en el cementerio de Mindelstetten,

esperando la «resurrección de la carne» (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 988-1019). «Cristo

venció definitivamente al mundo con su Resurrección; no obstante, puesto que su Resurrección

va unida a su pasión y a su muerte, venció al mismo tiempo a este mundo con su sufrimiento. Así

es: el sufrimiento se insertó de forma especial en esa victoria sobre el mundo, manifestada en la

Resurrección. En su cuerpo resucitado, Cristo guarda las huellas de las heridas que le causó el

suplicio de la cruz, en sus manos, en sus pies y en su costado. Mediante la Resurrección, manifiesta

la fuerza victoriosa del sufrimiento» (SD, 25).

A imitación del buen samaritano

La fuerza del sufrimiento se ha dejado también a los hombres para suscitar la «civilización del

amor»: «La primera y la segunda declaración de Cristo con motivo del juicio final (Mt 25, 34-45),

indican sin equívoco alguno hasta qué punto resulta esencial, en la perspectiva de la vida eterna

a la cual son llamados todos los hombres, detenerse, a imitación del buen samaritano, junto al

sufrimiento del prójimo, tener compasión de ese sufrimiento y, finalmente, aliviarlo. En el programa

mesiánico de Cristo, que es el programa del Reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo

para liberar el amor, para hacer que broten obras de amor hacia el prójimo, para transformar toda la

civilización humana en «civilización del amor». Y en ese amor, el sentido salvífico del sufrimiento se

realiza a fondo y alcanza su dimensión definitiva» (SD, 29).

El Papa concluye de este modo su exhortación apostólica: «A todos vosotros que sufrís, os pedimos

que nos ayudéis. Precisamente a vosotros que sois débiles, os pedimos que os convirtáis en

manantial de fuerza para la Iglesia y para la humanidad. En el terrible combate entre las fuerzas del

bien y del mal que el mundo contemporáneo nos ofrece en espectáculo, que vuestro sufrimiento,

unido a la Cruz de Cristo, salga victorioso» (SD, 31). La santa Anna Schäffer salió victoriosa gracias

a la Cruz de Jesús. Incluso antes de la sentencia oficial de la Iglesia, muchas gentes de Baviera,

y después de toda Europa, se dirigieron a su sepultura para implorarle su ayuda. En 1998, se

contabilizaron en la parroquia de Mindelstetten 551 gracias obtenidas mediante su intercesión y,

desde 1929, se han registrado más de 15.000 gracias atribuidas a su plegaria.

Con motivo de su beatificación, acontecida el 7 de marzo de 1999, el Papa Juan Pablo II decía lo

siguiente: «Si dirigimos nuestra mirada hacia la beata Anna Schäffer, podremos leer en su vida un

comentario vivo de lo que san Pablo escribió a los romanos: La esperanza no falla, porque el amor

de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm

5, 5). Ciertamente, no le fue ahorrada la lucha para abandonarse a la voluntad de Dios. Pero sí que

se le concedió comprender cada vez más que, precisamente, la debilidad y el sufrimiento son las

páginas en las que Dios escribe su Evangelio... Su lecho de enferma se ha convertido en la cuna de

un apostolado que se ha extendido al mundo entero».

Ha sido canonizada por el Papa Benoit XVI el 21 de octubre de 2012, la jornada misionera mundial.