sábado, 5 de mayo de 2012




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L O R C A


“conocernos es amarnos”

Javier    -JMJ-
Fátima

F. Oliver
¿TÚ DE QUÉ PARTIDO ERES?
MAYO   2012              

  Encuentros

“conocernos es amarnos”

 Como estaba previsto, el domingo 29 de abril, celebramos en Lorca la reunión final del curso 2011-2012 de la Zona Cartaginense.

Salimos temprano de Albacete, con el cielo algo encapotado, para dirigirnos a la ciudad del sol,  como así la llamaron los romanos, donde fuimos llegando las distintas fraternidades al abrazo de nuestras hermanas Clarisas. Verdadero abrazo y verdadera alegría, ya en la recepción nos obsequiaron con un bizcocho realizado por ellas, -la repostería de nuestras hermanas es famosa en toda Lorca, numerosos son los que se acercan para llevarse este delicioso manjar-. Tras el saludo entre hermanos y después de haber degustado los dulces y un magnifico chocolate nos encaminamos hacia las calles de Lorca donde, con la ayuda de los hermanos de la fraternidad, y de Enrique, -el guía- fuimos descubriendo la majestuosidad de Lorca y viendo los desastres causados por el terremoto. “Aquí el día del terremoto hubo milagros” fue el testimonio de nuestro guía, el cual nos transmitió todo el esplendor de Lorca  al tiempo de la historia y de la identidad lorquina y, todo esto con un sol radiante.

Nuestras hermanas Clarisas tenían preparado un arroz exquisito preparado al fuego, con leña, y cocinado con amor, con ese amor con el que nos acogieron y que durante toda la jornada estuvo presente en este encuentro de hermanos de las muchas fraternidades que acudimos  este día, y donde no solo compartimos la comida, compartimos experiencias, vivencias, junto con Francisco y Clara, junto con hermanos y junto con Juan Quesada, nuestro hermano fraile que de Albacete fue trasladado a Lorca y que nos transmitió saludos para todo el mundo, y con nuestro asistente, Francisco Oliver que en la Eucaristía nos dejaría –entre otras- esta frase:
“Quien todo lo da todo lo tiene, quien retiene nada tiene” .
 En la sobremesa nuestras hermanas nos hicieron vibrar y sentir al transmitirnos los sentimientos producidos por el terremoto, el corazón y la mente recogían lo allí vivido, el brillo de los ojos nos elevaba para tomar conciencia y establecer lazos de común-unión.

Pero el clímax llegó con el encuentro fraterno de experiencia vocacional, donde hermanos y hermanas nos dieron el testimonio de su vocación, nuestros hermanos de Lorca prepararon el encuentro vocacional de manera magistral y donde quizá el resumen de todo el encuentro lo podríamos resumir en dos palabras; “alegría” y “pilas”. Fátima puso la alegría, Fátima nos transmitió alegría y fuerza. Fátima, esta chica jovencísima, postulante a clarisa, en la cual se concentran grandes esperanzas y para la que os pido vuestras oraciones. Javier, el estudiante ofm venido de Santa Catalina- nos dejó una frase preciosa que también hacemos nuestra:”Cuando te acercas a una Clarisa  sales con las pilas cargadas”.

Tras la Eucaristía, oficiada por el padre Oliver, concluyo este encuentro entre hermanos, encuentro que perdurara en nuestra memoria, las secuelas del terremoto, la valentía y la fuerza de nuestras hermanas, la solidaridad del pueblo y esa perrita tan simpática llamada Chispi.

Es gozoso reconocer la hermosura del proyecto del Señor que realizó en Francisco y Clara, perpetuado en sus seguidores. El mismo Señor fue quien inspiró a Francisco y a Clara sus formas de vida y Francisco fue su primer mediador y padre espiritual. Desde entonces, la familia franciscana tiene una doble realidad que se complementa recíprocamente. El carisma franciscano-clariano es único y provoca una recíproca pertenencia de los hermanos y hermanas. “Un mismo espíritu ha sacado de este siglo a los hermanos y a las damas pobres” (2Cel 204). Hermanos y hermanas realizan, con estructuras de vida diferentes y complementarias, un solo intento, el de hacer presente a Jesucristo Hijo del Padre, hermano menor de los hombres, bien en la oración bien en el servicio. La opción por los pobres es un elemento fuerte de la OFS.

 El Franciscano Seglar organiza su vida en torno a lo relacional y fraterno, que le importan los demás y que busca a Dios.



AQUÍ ESTAN LOS TESTIMONIOS DE LA MADRE SUPERIORA Y DE FÁTIMA


FÁTIMA
“Antes del terremoto, ya sabía que iba a entrar”. Para la nueva postulante del Convento de las Clarisas de Lorca, Fátima Martínez-Tafalla, el terremoto no ha sido ningún impedimento para entregarse al Señor. A pesar de la difícil situación a la que se enfrentan las Clarisas tras los seísmos, Fátima hacía su entrada en el convento el pasado 3 de julio, decidida a ofrecerle su vida a Dios. A sus 18 años, se siente feliz de haber encontrado su vocación y asegura que “es lo más hermoso y lo mejor que puede pasarle a una persona”.
-¿Qué le pides al Señor para tu vocación, para este tiempo de preparación que tienes por delante?
- Le pido perseverancia y cumplir su voluntad en cada momento de la vida; dentro de mi vocación, hacer lo que Él me pida.


MADRESUPERIORA

Madre superiora: Iba camino del salón que terminamos hace un mes. Quería comprobar si lo había dañado el primer temblor, que fue más susto que otra cosa. Bajé las escaleras de la capilla, las que están enfrente del huerto [María Jesús habla de huerto, pero es más un jardín con riachuelos de caminos estrechos en una porción amplia de tierra fragante llena de flores, naranjos y limoneros]. Tomé el camino del paseo y no sé cómo, pero de repente un temblor del suelo y del cielo, de las cosas a mí alrededor: un temblor de todo. No sabía qué pasaba ni dónde estaba. Todo se movía y no podía agarrarme a nada. En medio de aquel destrozo le pedí a Dios misericordia, que por favor detuviera la fuerza de la naturaleza. Estaba bloqueada. No sabía si llorar o chillar. Me sentía impotente [María Jesús, que no lloró entonces, lo hace ahora, cuando ya no hay sobresalto y aflora el dolor en lugar del miedo. Respira, recobra la calma, primero, y el ánimo, después. Entonces sigue]:
De repente, todo era humo. Era como estar dentro de una nube. Una polvareda inmensa me rodeaba y no podía ver mucho más allá de lo que da la mano. Aún no sabía lo que había pasado, porque no podía ver la capilla. No podía ver nada. Estaba de pie, en medio de la nube, y busqué un sitio seguro. Fue entonces cuando me adentré en el huerto, entre los naranjos. Allí esperé y al poco llegaron las hermanas [nueve; hay diez en el convento, pero una, impedida, siguió en su habitación varias horas más hasta ser rescatada. Las religiosas no estaban solas, Chispi, una perrilla blanca moteada que siempre va donde va la madre superiora, estaba con ellas anguileando nerviosa en el mismo polvo y entre los mismos naranjos]. La nube siguió con nosotras. Hasta media hora después no se disipó. No sabía muy bien qué había pasado, qué destrozos había, y la impaciencia era cada vez mayor. Además, respirábamos mal, porque el polvo se metía en los ojos, por la boca, la nariz. Estaba por todas partes.
Todo clareó al fin, pero mejor que no lo hubiera hecho. El techo de la capilla se había hundido y la torre estaba a punto de caer. Me quedé helada. Era como tener un tesoro y perderlo, todo hecho migas en un momento [María Jesús lleva cuarenta años en un convento que tiene 56]. Me fijé en las grietas, que estaban por toda la pared. Igual que un montón de culebras. Era descorazonador. Miré a las hermanas. Algunas estaban sentadas en los bordillos, otras de pie, como yo. Era incapaz de sentarme.
Me puse muy nerviosa, daba vueltas y vueltas. Además, no podía hablar por el móvil. No había comunicaciones. Apenas hablábamos entre nosotras, no podíamos. No era silencio lo que había, sino algo más sobrecogedor. Era la desolación, la impotencia. Iba de aquí para allá, de un lado a otro. Qué difícil era estar quieta. Ya veía más y recorría el huerto de parte a parte. Repetía una oración sin parar:
‘Aplaca Señor tu ira,
tu justicia y tu rigor’.
Así una y otra vez:
‘Aplaca Señor tu ira,
tu justicia y tu rigor’.
Y otra más. Rezando llegué al costado del huerto y vi la pared de la capilla, que estaba destrozada. Las hermanas me decían: ‘No te preocupes, ya se arreglará’, pero era difícil hallar consuelo [la madre superiora llora otra vez. Lo hace contenida, pizqueando lágrimas, con el desbarajuste mínimo. Luego toma aire, se ajusta las gafas y sigue]:
En ese momento me acordé de la madre Berta, la fundadora del convento. Era la madre superiora cuando entré yo. Había puesto tanta ilusión… Me acuerdo de que vendía pedazos del viejo convento para levantar el nuevo… Ahora lo veíamos todo y nos veíamos a nosotras mismas. Hacía una hora del terremoto. Seguíamos en silencio. Ni una palabra, o unas pocas. Entonces rompimos a llorar y miré al cielo y me pregunté: ¿Por qué? No sé, una es religiosa, sí, pero es humana también…


            Gracias Señor por este día,
                        Gracias Padre Francisco por este día,
                                   Gracias Madre Clara por este día.

Concédenos que nuestras hermanas sigan siendo “nuestras pilas”

PAZ   Y   BIEN