sábado, 17 de diciembre de 2011

Feliz Navidad


¡Otra vez Navidad!

¡Pues a mí no me gusta la Navidad!

Hay que dice esto, tal vez porque no reconocen que las cosas cambian y que no podemos celebrarla como cuando éramos niños.

Tal vez ocurre que olvidamos el fundamento y sentido de las fiestas. Dentro del calor familiar debemos evocar con todo cariño y ternura la hondura teológica del nacimiento de Jesús, el misterio de la encarnación: que la Santísima Trinidad, desde la eternidad, haya decidido enviar al mundo al Hijo para “hacer redención del género humano”. Algo que solo podemos valorar desde la fe. El don de la fe que hay que agradecer, cuidar, cultivar y celebrar.

Perdemos este don, porque si sólo vemos las luces que adornan nuestras calles, los anuncios, la gente de compras y las reuniones familiares, cuando algún miembro de la familia falte, y créeme, algún día faltará, entonces diremos: a mi no me gusta la Navidad, son unas fiestas tristes.

El hombre valora lo accidental y olvida lo esencial; para dar importancia a las cosas que no la tienen y quitársela a las que deberían tenerla.

¿Qué celebro yo en Navidad?

Para San Francisco de Asís Navidad es la fiesta de las fiestas.

En este tiempo tomamos conciencia que la misericordia de Dios se reduplica sobre el mundo. Es como si al darnos a su hijo nos amase el doble que de ordinario. En Navidad los que tienen los ojos abiertos se vuelven más niños porque es como si fuesen redobladamente hijos y como si Dios fuera en estos días el doble de Padre. Pero ¿cuántos se dan cuenta de ello?

San Francisco de Asís cada vez que se inclinaba hacia el pesebre repetía una y otra vez: Amor, Amor, Amor…

Estos días la imagen del Niño debe presidir nuestros hogares. Si no es posible poner un nacimiento, al menos con un niño Jesús o una postal del Nacimiento podrán los mayores dar su testimonio de fe ante el resto de la familia, orando, leyendo…

¿Qué pasa realmente estos días? Que Alguien muy importante viene a visitarnos.

¿Quién es el que viene? Nada menos que el Creador del mundo, el autor de las estrellas y de toda carne.

¿Y como viene? Viene hecho carne, hecho pobreza, convertido en un bebé como los nuestros.

¿A qué viene? Viene a salvarnos, a devolvernos la alegría, a darnos nuevas razones para vivir y para esperar.

¿Para quién viene? Viene para todos; viene para el pueblo, para los más humildes, para cuantos quieran abrirle el corazón.

¿En qué lugar viene? En el más humilde y sencillo de la tierra, en aquel donde menos se le podía esperar.

¿Y por qué viene? Solo por una razón: porque nos ama, porque quiere estar con nosotros.

¿Cuáles serán los resultados de su venida? Los que nosotros queramos. Pasará a nuestro lado si no sabemos verle. Crecerá dentro de nosotros si le acogemos.

Deja que estas preguntas crezcan dentro de tu corazón y sentirás deseos de llorar de alegría. No hay gozo mayor al de sabernos amados cuando quien nos ama es nada menos que el mismo Dios.

Dios sigue teniendo esperanza en los hombres, por eso ¡otra vez! celebramos la Navidad. Dios esta con nosotros; hay que descubrirle en nuestras tareas, en nuestros seres queridos, en los pobres y en los que sufren.

Decía san Agustín: “Más importante para María es haber sido discípula de Cristo que el haber sido Madre de Cristo”.

Si Jesús ha nacido en tu corazón,

¡Feliz Navidad!