lunes, 14 de noviembre de 2011

Santa Isabel de Hungría


S

i Santa Isabel pudiese aconsejarnos en nuestro caminar hacia el Padre, imaginamos que diría: “Antes de empezar, debes empacar”.

Piensa cuidadosamente en cada objeto antes de ponerlo en tu bolsa. Pero déjame advertirte que la ira y el resentimiento pesan mucho y ocupan tanto espacio como no te imaginas, mientras que las relaciones de amor son ligeras y fáciles de cargar.

Lleva lo importante, evita lo superfluo.

Este viaje, este caminar, es una oportunidad única en la vida.

Nuestra época no es tan diferente de la de Isabel. El pecado sigue siendo pecado, lo mismo que la avaricia. Los pobres tienen hambre y los enfermos menesterosos no tienen acceso a atención de calidad. Santa Isabel recorrió su camino; ahora nos toca a nosotros y esto es lo que necesitamos llevar:

Conversión lúcida. Qué actitudes negativas o acciones destructivas tengo que retirar de mi vida.

Compromiso lúcido. Llevar lo necesario para nuestro caminar único hacia Dios.

Vida Fraterna lúcida. Relaciones de amor y apoyo con nuestros compañeros de viaje.

Isabel vivió su amor por su familia fielmente junto con su amor por Dios, a través de la forma cómo ella y su esposo practicaban la fidelidad en el matrimonio, respeto mutuo, su devoción a una misma fe y su trabajo diario. Isabel y Luís ponían a Dios en el medio de su vida conyugal. Ellos nos enseñan también como vivir este amor. Ellos cumplían a cabalidad las palabras del apóstol San Pablo: El amor es paciente, el amor es amable. El amor no es envidioso, no es jactancioso, no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. (1 Cor. 13:4-8).

Isabel sabía y creía que “los niños también eran un regalo del Señor, el fruto del vientre, una recompensa” (Ps. 127:3).

Isabel dejo a sus hijos en buenas manos. Isabel quería que sus hijos pusieran en sus vidas primero a Dios. Una vez ella dijo que haría de su hijo Germán, un pobre fraile menor en lugar de que se transformara en emperador.

Isabel no solamente aprendió de los franciscanos, les ayudó en su ministerio así como les dio ayuda personal. Este tipo de ayuda mutua puede ser un ejemplo para nosotros en nuestras relaciones con la familia franciscana.

Isabel vio que cada hombre o mujer pobre, enfermo o marginado con quien ella se tropezaba era un hijo de Dios, y un hermano o hermana de Cristo. Por esta razón, cada persona humana era preciosa para ella; cada pobre, enfermo o inválido eran personas de singular dignidad, incluyendo a los niños por nacer. Como dice el apóstol Santiago en su Epístola, (2,5)”¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?. ¡En cambio vosotros habéis menospreciado al pobre!”La cultura de la muerte hoy necesita aprender de esta verdad.

Reconocer la dignidad humana, los derechos humanos y asegurar la justicia. También Isabel es ejemplo en este sentido.

Una de las cosas por las que Santa Isabel es más famosa es por su práctica de las obras de misericordia corporal y espiritual. ¡Cuántas de sus pinturas, estatuas y otras obras de arte la muestran alimentando al hambriento, dando bebida al sediento y visitando al enfermo!

Todos los cristianos deben hacer espacio en sus vidas para esta clase de servicio, y nosotros los que somos Franciscanos Seglares debemos practicarlo en el espíritu de San Francisco. Como Franciscanos Seglares debemos hacerlo fraternalmente, estando “dispuestos a identificarse con todos los hombres, especialmente con los más humildes” (Regla OFS II, 13).

Sabrías responder a la pregunta:

¿Por qué el 17 de noviembre es el día del Franciscano Seglar?