martes, 8 de febrero de 2011

Servir al Señor con alegría



“Los cristianos hemos recibido en el Bautismo la consigna de servir al Señor con alegría. El mal humor no se compagina con la Buena Noticia que es el Evangelio, que hemos de vivir y anunciar a todas las gentes. El Evangelio no se puede anunciar con mala cara, ni se puede vivir con malos humores. Sabiduría sin humor no es verdadera sabiduría. Humor sin sabiduría es necedad”. Así se expresa monseñor Damián Iguacén, obispo emerito de Tenerife, en su meditación sobre la advocación mariana de Nuestra Señora del Buen Humor, que acaba de reeditar en una edición limitada.

Porque el humor no es solo risa, y aquí caemos.

El buen humor no es humorismo, comicidad, ingenio, agudeza ni chiste.

Humorismo es ironía en el decir; enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas.

Humorista es quien se expresa con humorismo.

El buen humor no es para provocar la risa, sino la alegría.

Pues cuantas veces caemos en provocar la risa en los demás tratando quizá de ser alegres y estamos siendo humoristas sin pretenderlo.

Humor es una condición que se manifiesta exteriormente con jovialidad, la disposición para hacer algo.

Sigue monseñor Damián “Frente a tanta majadería, necesitamos hombres y mujeres de buen juicio, de rica vida interior, personas sensatas, con hondura que tengan cosas importantes que decir, cosas importantes que hacer, soluciones que aportar. Necesitamos personas que entusiasmen, que estimulen y animen. No nos sirven los mitos, las personas de fachada, que engañan con sus cuentos, sonrisas y zalamerías. Necesitamos personas de buen humor”.

No se puede anunciar el Evangelio con evangelizadores tristes, desanimados.

Entre las virtudes franciscanas además de la paciencia, la humildad, la sencillez, la pobreza, se encuentra la alegría, por esto también se nos conoce, por se alegres.

Estamos en invierno, el invierno es cuna de la primavera.

Bendita sea la pobreza, y la desnudez y la incomprensión que nos hacen afirmarnos en Dios.

Francisco estaba alegre como nunca. La primavera estallaba en sus venas. Era como si por primera vez su alma se asomara al universo. Todo le parecía nuevo. Nunca había saboreado tanto –y agradecido tanto- el tibio calor del sol; le sabía a caricia de Dios.

El hombre es miedo e incoherencia, pensaba. Tenía la impresión de estar sumergido y braceando en el seno de la armonía universal; su alma se había identificado con el alma del mundo. Una ignota felicidad se le había prendido a todo el ser y sentía unas ganas locas de cantar y, sobre todo, de agradecer. Ese día sentía un cariño inmenso hacia Dios, pero también la necesidad de canalizar ese cariño hacia las criaturas del Señor.

El Hermano de Asís, Ignacio Larrañaga.

En un Retiro reciente se nos a hablado de San Francisco de Asís y la perfecta alegría.

¿Qué es, qué significa la perfecta alegría?

La Palabra de Dios

La Fe

La Alegría

La Paz

El dominio de sí.

Para expresar todo esto los franciscanos usamos el término

VERDADERA ALEGRÍA

No seas bufón del mundo, sé bufón –trovador, juglar- de Dios.