sábado, 15 de enero de 2011

Jesús yo quiero seguirte


ven-sígueme, permanece y vete
Seguir «más de cerca a Jesucristo». He ahí el objetivo último de nuestra vocación de franciscanos. Seguir incesantemente a Cristo. He ahí el objetivo de todo el camino formativo del franciscano seglar. El deseo de seguir a Jesús es lo que motiva nuestra profesión y es lo que da dinamismo a toda nuestra vida: El seguimiento más de cerca de Jesucristo», «caminar tras sus huellas» inspira, orienta y motiva nuestra vida –lo que somos y hacemos– y justifica el contenido de nuestro mensaje. Si el «seguir» a Jesús es la sustancia del Evangelio, el seguimiento radical de Jesús es nuestra última razón de ser y de existir como franciscanos, la llamada al seguimiento parte siempre de una iniciativa de Jesús. Si alguno lo pretende seguir por propia iniciativa es invitado a tomar otro camino (cf. Mc 5,18-20). De este modo Jesús podrá decir más tarde: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino yo a vosotros» (Jn 15,16) El sujeto original de la vocación al seguimiento es siempre Jesús. Nadie se hace a sí mismo discípulo. Es Jesús el que hace discípulos. El seguimiento no es conquista, sino un ser conquistado. Así lo experimentó Pablo y así lo experimentaron los discípulos de todos los tiempos: sentir la llamada al seguimiento es sentirse «escogido, alcanzado y ganado por el Señor Jesús» (Fil 3,8-12). Por esta misma razón, la vocación al seguimiento culmina con la transformación existencial que da lugar a un nuevo yo: «No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20). El seguimiento tiene como fuente el mismo Jesús y como término su misma persona. Esta iniciativa por parte de Jesús es indicada en los Evangelios: Jesús les dijo: «Venid conmigo», o simplemente, «sígueme».
La elección por parte de Jesús es libre, depende únicamente de su voluntad; no se tienen en cuenta la capacidad del llamado, ni sus intereses e intenciones y ni siquiera su decisión. Todo es gracia. Pablo tendrá clara conciencia de ello cuando, haciendo «memoria» de su vocación, afirmará que ha sido llamado por pura gracia de aquel que le separó desde el seno de su madre (cf. Gál 1,15). El discípulo es amado y, porque es amado, es también llamado, cada uno desde su situación concreta y a su manera, a estar con Jesús, a seguirle , a estar donde está él.
La relación de amor se traduce, en la acogida del llamado: «Ya no os llamo siervos, sino amigos» (Jn 15,15). Todo discípulo es siempre «el discípulo al que ama Jesús» por el cual murió y se entregó. Todo discípulo es su amigo y ha de sentirse incondicionalmente amado por él. Llamado a seguirle y a compartir sus pruebas.
El novicio en la profesión acoge a la fraternidad, al mismo tiempo que la fraternidad lo acoge. Discípulo y fraternidad tienen una misión.
La misión está en función de los demás. La llamada coloca al discípulo al servicio de los demás. Cuando uno es llamado, no lo es simplemente para alcanzar una perfección individual. El discípulo es llamado para utilidad pública: «Habéis recibido gratis, gratis habéis de dar» (Mt 10,8). Tampoco «se enciende una lámpara para ponerla debajo de la cama, sino para que alumbre a todos los de la casa» (Mt 5,15). Eres llamado a seguir a una persona, la persona de Jesús. Poner la persona de Jesús en el centro de tú vida, con todo lo que ello comporta. Es, por tanto, un compromiso radical de vida que implica la totalidad de la persona: cuanto es, cuanto tiene y cuanto hace. Por este motivo la primera y fundamental exigencia de la respuesta a la llamada es la conversión, el cambio profundo de la persona, que le lleva a asumir un estilo de vida que se sitúa en la línea del radicalismo evangélico.
Ser discípulo es dejarse formar por aquel con el cual uno quiere configurarse. Este proceso se inicia cuando uno tiene conciencia de ser llamado, y termina con la visita de «la hermana muerte corporal. Esto exige que desde un principio uno acepte entrar en este camino de conversión-formación permanente y continua a fin de asimilar, progresivamente, los sentimientos de Cristo.
La vocación y también la vida religiosa y franciscana expresan su dinamismo a partir de tres imperativos: ven-sígueme, permanece y vete. Llamados por el propio nombre, para estar con Jesús y ponerse al servicio de los demás. Esto supone un camino largo de formación, un proceso en el cual Jesús es la «forma» y el «formador» a la vez.